viernes, 25 de noviembre de 2016

Texto leído en el acto de presentación de LA MUJER DE LAVA de José Miguel Junco Ezquerra.




LA MUJER DE LAVA. JOSÉ MIGUEL JUNCO EZQUERRA.
Editorial La Discreta
Sobre la poesía se ha hablado y escrito mucho a lo largo de los siglos. Hay infinidad de ensayos que abundan en este tema y en las diferentes maneras de entenderla. Pero de lo que no cabe duda es de que la poesía, el poema, tiene la capacidad de otorgar a las palabras, esas que pronunciamos a diario, que utilizamos en las conversaciones cotidianas, un nuevo significado mediante una conexión inusitada entre las mismas y por lo tanto, de generar  resonancias con ideas a las que no tenemos acceso a través del lenguaje cotidiano.
De las  resonancias, múltiples y diversas que me produjo la lectura del libro que hoy tengo el placer de presentar, La mujer de Lava, de José Miguel Junco Ezquerra, voy a hablar, a sabiendas de que cada acercamiento a la palabra hecha poema trae a quién la realiza ecos, reverberaciones, imágenes, ideas, sentimientos, vivencias, resonancias,  que inevitablemente serán interpretadas en base a las coordenadas de un mapa que es personal y por consiguiente abierto a variaciones en las que inciden los factores a los que está expuesto el acontecer vital de cada uno.
La poesía de José Miguel Junco se caracteriza por la musicalidad y el dominio del ritmo y este libro que hoy presenta sigue esa línea canora.
Dividido en cuatro partes: La mujer de lava, Donde estamos escritos, Di sílabas extrañas y Botella al mar,  es un libro escrito con un lenguaje coloquial que adquiere diferentes matices en cada una de sus partes. Desde la epopeya genésica de La mujer de lava, pasando por una poesía con rasgos existenciales en Donde estamos escritos, una poesía más intimista en el apartado titulado Di sílabas extrañas, y la última parte del poemario, Botella al mar, en el que predomina lo confesional, entendida esta confesionalidad tal y como la define Mark Strand, la del poeta en relación al acontecer, en la sociabilidad con la mirada puesta en el mundo en el que está sumergido.
El poema-prólogo con el que comienza La mujer de lava, dice:
Llegaron por el mar, hambrientos y remotos. Besaron tus mejillas. Era la noche. Larga como un delirio.
Tú estabas presta para guarecerlos, cuna de jable en la desierta playa. Tus hijos al encuentro de un refugio. Hubo un rumor del viento.
Las resonancias fueron llegándome  como el llamado primero del hombre a ser y estar en un mundo desconocido, que a la vez ha de hacer suyo con los otros. Suenan sentimientos atávicos, esos que nos conforman, nos pertenecen y con que los sufrimos, nos  moldeamos y nos moldean. E inevitablemente oí a Freud y a Josep María Esquirol diciéndome que en el hombre existen dos sentimientos primordiales: el sentimiento de desamparo frente al mundo y el deseo de integración, de amparo. Creo que esta mujer de lava expresa ampliamente dos condiciones antropológicas básicas: la condición de intemperie de desierto, de soledad, y el deseo de océano, de integración, de seguridad.
La poesía de carácter  dialógico-existencial  de Donde estamos escritos, la segunda parte del libro, no es, como podría suponerse, una poesía que cae en el pesimismo, ni se encarama en lo ontológico. Antes bien  combate en lo cotidiano es, como dice su autor   …”ese trayecto/ que arranca de lo hondo” donde hay puntos imprecisos/para asirse”. Porque siempre  “hay un atisbo de luz” y porque “importa el gesto.”  Ese gesto que quiere “hasta el final dejar constancia/ de todo lo que opuso a su derrota”.
El tercer apartado del libro, Di sílabas extrañas, poesía aparentemente dialógica-amorosa, sólo aparentemente, siempre desde la percepción de esta lectora, reitero, es un canto al encuentro con el otro, con el individuo que es uno y múltiple, así dice en uno de los versos “cuánto me pesa el prójimo en la lengua” y la poesía como centro del universo del autor, como instrumento “para que quede constancia/de este tiempo compartido” en la circular historia humana: “como la cara de asombro del conserje/ de la biblioteca de Alejandría/…/como la primera lluvia de meteoritos/…./ como los sorprendidos transeúntes/en la ciudad de Pompeya” y es que el poeta declara que “Incluso si escribí para tus ojos,/para tu corazón/para tu pelo/quise glosar la vida”
Botella en el mar es el título del cuarto apartado de La mujer de lava. El náufrago que tira una botella al mar desde un presente que ya será pasado cuando  alguien recoja el testigo, en un instante ya futuro. Son poemas de supervivencia, de resistencia, de lucha, “Decir: resistiremos/y al vacío/cavarle una trinchera” Poemas en los que autor sabe qué y a quién tiene que resistir, quiénes son los aliados y el papel del mar como emisario. Los poetas son, como refiere en el poema titulado Pájaros del sur  “los pájaros más pobres/… (que)…/con una fe cóncava/pían, pían, pían”.
Las resonancias que me llegan de este excelente libro, como ya dije al principio de esta presentación, son múltiples. Pero creo que ahora es el momento de que ustedes se acerquen a él y escuchen las suyas propias.
Gracias.

Evelyn De Lezcano-Mujica Betancor










martes, 4 de octubre de 2016

LO DE SIEMPRE

No cae la tarde como una cascada de luz sobre el horizonte rojo,
ni se desvanece en el aire el aroma de las flores sembradas en el jardín.
Nada de esto pasa. Ocurre lo de siempre. En una acera de extremidades
arrastradas hacia el reposo se derrumba en agonía la cotidiana jornada.
Ocurre como siempre, incluso como antes de siempre. Pequeña y añosa se extravía,
ínfima en fuga hacia la cascada, entre las luces, en el horizonte casi rojo
y en los brazos de la gente, el olor a romero en  las manos
inunda su memoria para no olvidar la voz de su casa, el rostro en el que se acurruca
cada noche sin  pensar, como hacía antes de que todo fuera siempre.
Y como antes, habita entre el romero, en el horizonte,
en la luz pacífica al sol del jardín, entre las flores,
junto a la cálida pared que no se derrumba.


viernes, 1 de julio de 2016

Para Maite del Estal Alberti, mi amiga del alma.

Mi amiga entra en el mar,
en sus manos, ramo de flores
y un puñado de arena.

Mi amiga entra en el mar,
una palabra en sus labios,
un susurro de ola la abraza.

Mi amiga se baña en silencio
la noche se baña con ella.
Dorada y paciente, mi amiga flota en la luz.

miércoles, 8 de junio de 2016

ELLOS HABITAN

Ellos habitan.
Los veo. La gente llega, cambia
las lámparas,
redistribuyen muebles, otros
son sustituidos.
Abren o cierran ventanas, cambian
el color de las paredes, demuelen
tabiques. Ellos habitan.
Llegan para habitar.
Yo sólo cambio algún plafón. No todos
porque hay voces que me hablan en la penumbra.
Los muebles se me adhieren a los ojos y ya son paisaje.
¿Cómo mutilar los tabiques de esos cuerpos cansados que se alzan?
No puedo amordazar, con capas de silencio,
paredes que conservan el roce
de alguna mano a la que sirvieron de guía
en el recorrido torpe por los pasillos.
Enterrar otras historias, yo llego y no sé. Ellos sí.
Ellos llegan para habitar.
Yo llego y sólo doy vueltas
y miro y pienso y también duermo
con las palmas de mis manos apoyadas en esas paredes.
Entonces,  ¿Dónde habito yo?

miércoles, 27 de abril de 2016

El silencioso

                                                                     Georges de la Tour


Los cazadores de palabras llegan a la tierra.
Uno de ellos, el silencioso,
el  vigía del escritorio, traza un mapa sobre el mapa.
Coteja las lindes. El escribiente confronta:
Se produjeron derrumbes, terremotos, vómitos de la tierra,
mares que vaciaron su prisa en las costas,
vientos como gritos el cuerpo del árbol cercenaron.
El escribiente recoge, junta los fragmentos, alza los ojos y dictamina:
Puede que busquemos en dirección opuesta,
tal vez esté consignado en las piezas extraviadas,
quizás, para llegar, tengamos que descender.